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De la atenta lectura de lo expuesto hasta aquí se pueden entresacar beneficiosas consecuencias de tipo físico, mental y emotivo para el ser humano: la necesidad de moverse a la que le obliga la relación del animal mejorará todo su sistema motor facilitándole la fisicidad para otros ejercicios vitales básicos que puede haber abandonado de manera semi-intencionada por la desidia; hablar con la mascota evitará la atrofia del sistema de comunicación —verbal— y argumentativo —pensamiento discursivo—; y emocionalmente la problemática y esencia del animal se transmutará en la no tan diferente de otros seres humanos, facilitando su relación emocional con el exterior. Sólo necesita una prueba, que se le pide a él como a cualquier otro animal: su paso por el veterinario para comprobar un impecable estado de salud libre de parásitos, enfermedades o infecciones. El resto de esta amable medicina no requiere de ningún control: ni poner metas a algo que sólo la convivencia puede llevar, ni poner enfermeros o guardianes que vigilen la eficacia de la relación, ni regular de manera alguna un contacto cuyo tiempo y contenido quedará siempre al libre deseo y sentimiento de las dos partes beneficiadas.
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